Dice Thompson de su gato Screwjack: “Pude notar en sus ojos dorados un lánguido anhelo amoroso cuando lo transporté en brazos hasta la puerta principal, así que, antes de arrojarlo de culo a la nieve, lo alcé hasta que su rostro estuvo frente al mío, introduje mi lengua entre sus colmillos y le lamí con unción el acanalado techo del paladar. Luego lo sujeté de sus poderosas patas delanteras y lo estreché contra mi pecho. Su ronroneo era tan intenso que nos hizo temblar a los dos.
El me miró fijamente, sin hacer comentarios, y al instante siguiente se escabulló de mis brazos y se desvaneció como un fantasma de otro mundo. Y yo supe en mi corazón, mientras el sucio manto negro de su lomo se perdía entre la pila de leña y la parrilla delantera del Volvo, que nunca más volvería a verlo. Y la próxima vez que lo viera pesaría noventa kilos, y me pondría de espaldas contra el suelo y me culearía por detrás como una pantera.
Mi bestia, mi delfín, mi perfecto amante de ensueño, mi temido fantasma que debo olvidar… mi hermoso tatuaje microscópico que costará 1500 dólares borrar de mi hombro con tratamiento láser.
Perdóname, Señor, por amar a esa bestia como la amo, y por desear tenerla tan dentro de mí que finalmente irrumpa a través de la fina membrana de mi corazón… y por desear de igual manera yacer a su lado y dormir como bebés con nuestros cuerpos entrelazados, soñando ambos el mismo sueño salvaje.”
La relación con mi Gollum no llegó a semejante nivel de animalidad, pero cuando volví del Monte donde tuvimos esa nuestra relación, si bien breve y más distante, necesité hacerle este video:
La crónica del viaje que nos llevó hasta el toro caído que reproduce el video no la tendría que hacer yo, porque fui un personaje secundario en ese viaje. Pero el personaje principal, lamentablemente, nunca hizo su propia crónica. A grandes rasgos el viaje empieza con una complicación, abajo del sol tórrido del mediodía, en una ruta bonaerense, y termina con otra complicación, en la oscuridad de la noche, en otra ruta bonaerense. Y como Gran Final, habiendo llegado a nuestra ciudad, una imagen soberbia que tiene que ver con la victoria y la derrota al mismo tiempo, una imagen altamente poética que a mí me hizo acordar al Sean Penn de Dulce y Melancólico rompiendo una guitarra criolla contra el piso, completamente borracho. Pero esta parte nocturna del viaje no entra en la presentación. Acá solamente voy a decir que llegar al campo que reproduce el video no fue sencillo, y que una vez en ese campo la gran parte del tiempo que estuvimos ahí (un lapso de aproximadamente cuatro horas) se centró en resolver un dilema de una alta densidad intelectual, pero sobre todo también de una densidad en un nivel pragmático, adentro de una habitación entre moscas, refujiándonos del sol terrible.